RINCONES CON LEYENDA | El Cachorro de Triana

 El Cristo de la Expiración del popular barrio de Triana, es comúnmente conocido como "El Cachorro" desde su creación. Pero alguna vez se ha preguntado ¿el porqué de éste nombre tan singular para una imagen procesional sevillana?. En éste articulo voy a intentar aclarar la famosa y escalofriante leyenda que esconde éste rostro.


 A finales del siglo XVI, en el extramuros de la ciudad de Sevilla, donde se asentaban las industrias cerámicas y la cava se llenaba de arte gitano, encontraron oculta en un pozo la imagen de una Virgen que seguramente escondieron los Cristianos ante la invasion árabe.
Éstos, llenos de gozo y alegría la veneraron hasta tal extremo de fundar una hermandad y así honrar su presencia mariana. 
A principios del siglo XVII se sontituyó la Hermandad del Santísimo Cristo de la Expiración y María Santísima del Patrocinio.


Por aquel entonces, entre compás y tejares, entre arcilla y taberneras, vivía un gitano que rondaba los treinta. Fino rosto, andar elegante, elevada estatura y manos de porcelana. Según decía, habría preferido morir antes que trabajar con sus manos. Entonces los gitanos trabajaban de sol a sol en los barrancos de la Cava sacando tierra para los maestros alfaferos.

Él no era un gitano habitual, a él lo llamaban "el cachorro", por su habilidad al tocar la guitarra y cantar con habilidosos quiebros de garganta el cante jondo que, en aquel entonces, aún era cosa de reuniones privadas, tabernas y noches oscuras junto al río Guadalquivir, lleno de cargueros que hacían las américas.
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El Cachorro era un hombre frío, distante, y que parecía cantar para él sólo. No se le habían conocido amores en sus treinta años de edad (que en quella época era ya avanzada), pero todas las gitanas de Triana andaban locas por sus pasos, su mirada... sus manos. En las reuniones clandestinas se hablaba que el cachorro suspiraba por una moza que vivía al otro lado del río, un barrio señorial. Éste cruzaba cada noche el puente de Triana y volvía al amanecer, que como si de una interminable historia de amor se tratase, nadie supo de él. Nadie lo veía por las calles de la otra orilla...


La hermandad del Cristo de la Expiración y María del Patrocinio, que se fundó por aquel entonces, ya tenía la imagen mariana de María Santísima del Patrocinio, pero necesitaba la talla de un Cristo para conpletar su iconografía. El Cabildo de Cofrades de la Hermandad acordó hacer la talla de un Cristo crucificado expirando, y buscó un artista imaginero con renombre en aquella época. Y el encargo se realizó al mas diestro del lugar: Francisco Antonio Ruiz Gijón.

Éste quiso destacar con su obra en unos años en los que se veneraban obras de Juan de Mesa, Martínez Montañes o Pedro Roldán. Fueron decenas los bocetos que hizo y desechó. Fueron noches interminables de bocetos y maquetas para un rostro que ninguno convencía. Ante su falta de inspiración olvidó otros trabajos, dejó de comer y se encerró en su taller dia y noche para sacar a la luz aquel rostro de agonía que destaque por encima de las demás figuras ya realizadas. Quería que fuera su obra culmen.


Los gitanos de la Cava no andaban equivocados con lo que se decía de el cachorro, y sus paseos clandestinos hacia la Sevilla pudiente y señorial en busca de un amor secreto y que nadie conocía. Éste permanecía oculto en algún callejón de Sevilla viviendo un amor secreto.

Pero un día apareció por la Cava un señor de los que poco frecuentaban aquella zona. Los gitanos se sorprendieron al ver aquel apuesto hombre, bien vestido y perfumado, andando por aquellas calles embarradas, llenas de charcos y sucias tabernas. Éste iba preguntado por cada esquina si conocían a un gitano llamado el cachorro. Los mismos gitanos enmudecían ante tal pregunta y fingían no conocer aquel apuesto gitano por el que todas las mujeres supiraban.
Pero el apuesto hidalgo, se dió cuenta que había dado con la pista de el cachorro y que no podía andar muy lejos de aquella zona, tanto fue asi, que volvía a menudo por aquellas esquinas a lomos de su caballo.

Cayó enfermo el artista Ruiz Gijón, despues de semanas sin comer y obsesionado con la nueva talla para la hermandad del Patrocinio. Una noche le ardían las manos de fiebre, y tras el fallido intento de su familia para que se quedase en la cama, éste salió a la calle, cruzó el Postigo sevillano y se plantó en el Altozano, junto al puente de Triana (que por aquel entonces era de barcas).
Buscó la capilla del Patrocinio extasiado por la fiebre, y por el camino oyó unos gritos terribles que atravesaban la noche como cuchillos. Andó sin reparos hasta el lugar de donde provenían aquellos lamentos sin imaginarse lo que se iba a encontrar. 

Al llegar a aquel lugar vio la terrible escena. Un hombre retorciéndose de dolor y espasmos de agonía, queriendo decir el nombre de su vergudo pero que el último aliento lo dejó sin poder pronunciar ante su último exhalo. Aquel hombre era el cachorro.
Había pagado con su vida el amor oculto y una vida de secretos, a través de un enorme puñal que le atraveó el pecho siete veces.


Ruiz Gijón se volvió por un momento salvaje y sacó el artista que llevaba dentro. Se olvidó de aquel hombre, sacó papel y un carboncillo y empezó a dibujar la cara del hombre moribundo que agonizaba por segundos, a la luz amarillenta de un candil entre gritos de desgarro y dolor.
Al terminar el boceto, Ruiz Gijón salió corriendo hacia el Altozano, cruzando de nuevo el Puente de Triana y volviendo a su cama, donde rendido por el cansancio y el dolor, cayó rendido ante tan fatigosa labor.
En poco tiempo, el imaginero trasladó a la madera aquel boceto y consiguió labrar lo que quería, lo que sentía...

Cuando en el año 1682 la imagen salió por primera vez a las calles del arrabal trianero, los vecinos al verlo por primera vez empezaron a gritar:
-¡El Cachorro! ¡Es él!

Desde aquel entonces, aquel apuesto gitano, por el que tantas mujeres suspiraron, se habia convertido en el crucificado mas expresivo, hermoso y dramático de la Semana Santa Sevillana. Se hizo inmortal.









La leyenda se completa con la sentencia que pudo aclarar lo sucedido en aquel mortal suceso. 
Efectivamente, el cachorro, iba a visitar cada día a una mujer, que resultó ser su hermana bastarda, lo cual tuvo que esconder a los ojos de cualquier persona.
El gitano intentó mantener en secreto aquel amor para no perjudicarla.










Pero la leyenda no termina aqui. Existe una sub-leyenda en la concienca sevillana, que cuenta que el verdadero Cristo de El Cachorro, lo trasladaron a escondidas una noche al cementerio de San Fernando, a causa de un grave incendio ocurrido en la Capilla en el año 1973. La imagen original fue sutituida por una réplica realizada por los restauradores.

Entre la Glorieta del Cristo de las Mieles y la Glorieta de la Piedad se encuentra el panteón de Aníbal González y Álvarez-Ossorio, famoso arquitecto sevillano que realizó, entre otras muchas cosas, el diseño de la Plaza de España para la Exposición Iberoamericana de 1929.




Su panteón es uno de los lugares mas visitados del camposanto sevillano, por el misterio que guarda dentro de él.  La puerta suele estar cerrada, pero junto al cerrojo se enuentra un orificio para poder mirar el interior. Si se atreve a mirar (la primera vez suele causar bastante impresión) verá dentro una impresionante talla de un Crucificado.

La leyenda cuenta que ésta es la auténtica talla de El Cachorro de Triana...





Texto original de J Pedro Martín. Todas las fotos de esta web están protegidas por su autor y tienen todos los derechos reservados. Puedes enviarme alguna duda o sugerencia. Si quieres ponerte en contacto conmigo escríbeme al siguiente email (jpedromartin85@gmail.com).
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